Enviado por: Víctor Orozco
En 1959 Carlos Fuentes tenía 30 años, el fin convencional de la etapa juvenil. Sus recuerdos de la adolescencia estaban todavía frescos y no requería de grandes esfuerzos memorísticos o del uso de otras herramientas para recrearlos. Es la razón, me parece, por la que pudo penetrar con cierta facilidad en el alma de Jaime Ceballos, el protagonista de Las Buenas Conciencias, una de sus primeras novelas, salida de las prensas en aquel año. Por explicaciones similares, es que en mi caso, el libro me causó tanto impacto, cuando lo leí a los diez y seis años, justo la edad de Ceballos. Regreso a la novela medio siglo después, en homenaje a su autor, cuyo fallecimiento inesperado y prematuro deja a las letras y a la cultura mexicanas sin una de sus columnas capitales. También reviso las notas de un diario comenzado por aquellas fechas y en el cual plasmé las angustias adolescentes. A la formidable distancia, comprendo muy bien porqué a César Durán (fallecido ya y entrañable amigo) y a mí, alumnos entonces del tercero de secundaria, nos provocó la susodicha novela reacciones tan significativas en nuestras vidas, que iban desde el odio a Balcárcel junto con toda su malvada casta de hipócritas, a la admiración de Juan Manuel Lorenzo, el estudiante-trabajador, lector voraz y apilador de libros en su buhardilla, con cuya personalidad deseábamos identificarnos. Experimento, además, impresiones sorprendentes al releer la novela de Fuentes. Una de ellas me sobresalta cuando irrumpe el recuerdo del momento preciso durante el cual tuve frente a mis ojos el diálogo entre los amigos: "-¿Has leído ese otro libro que se llama La guerra y la paz? -No - Es muy largo. -Es como para las vacaciones". ¿Cómo puede la mente albergar un registro y sacarlo tanto tiempo después casi intacto?.